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Camino de la Laurisilva, último relicto de una selva mítica

El camino de la Laurisilva recorre poco más de dos kilómetros entre las dos laderas del barranco del Laurel (Reportaje fotográfico: Yuri Millares).

MOYA. La isla de Gran Canaria en la que vivieron los aborígenes estaba constituida, en lo que a su mitad norte se refiere, por una gran selva favorecida por los vientos alisios a la que se conoce como bosque o selva Doramas. Para los biólogos, este gran ecosistema vegetal lo define el concepto monteverde: se trata de un bosque poblado por numerosas especies englobadas bajo la denominación laurisilva, donde la espesura y sus sombras dominan sobre el territorio. Los Tilos de Moya (en la actualidad declarado Reserva Natural Especial de Los Tilos) es lo que se ha salvado de este pequeño relicto para las generaciones futuras. Entre las especies endémicas más representativas de este ecosistema dominado por el bosque destaca la que da nombre a esta reserva natural: el til (Ocotea foetens). Aquí, un sendero hace un recorrido circular desde la casa forestal donde se encuentra el Centro de Interpretación de la Laurisilva (cota 485) para adentrarse por la espesura del bosque (cota 550). Su longitud es de 2,1 km. Tiempo: una hora y 15 minutos.


Ver Camino de la Laurisilva en un mapa más grande

La flor del bicácaro (Canarina canariensis) es una de las singularidades de la flora canaria que podemos encontrar en este sendero.

Historia del bosque de Los Tilos
Después de la conquista y su incorporación a la corona de Castilla, Gran Canaria fue poblada por colonos venidos de distintos lugares de Europa. Construyeron casas y roturaron tierras para dedicarlas a la agricultura. Durante los siglos XVI al XX, la espectacular selva Doramas fue desapareciendo al ritmo de las talas que aprovechaban su madera y su suelo. En la actualidad, de ese bosque apenas quedan unos relictos aislados, entre los que destaca el de Los Tilos, que apenas constituyen un uno por ciento de aquella famosa selva.

Los Tilos se encuentran en un tramo muy encajado del barranco de Moya situado a unos 600 metros de altitud sobre el nivel del mar. Fue uno de los enclaves del bosque Doramas que permaneció a salvo de las talas durante los primeros siglos posteriores a la conquista. La progresiva privatización de este bosque comunal dejó a principios del siglo XX a Los Tilos como reducto de la laurisilva aún intacto.

El ensueño crepuscular del poeta
Tomás Morales (1884-1921), el poeta más representativo del Modernismo español,
se recrea y se alarma por la belleza de esa selva de Doramas que conoció en el reducto de Los Tilos y la amenaza que sufrió durante siglos:

¡Oh paz! ¡Oh último ensueño crepuscular del día!
El ambiente era todo fragancia; atardecía,
Y la lumbre solar en fastuosas tramas
Quemaba en las florestas su penacho en llamas.
Todo el bosque era un hálito de aromas peculiares;
Las hojas despertaban sus ritmos seculares,
y bajo ellas, soñando y a su divino amparo,
la música frescura del riachuelo claro
que el salto de una roca transformaba en torrente.

(…)

De pronto, en el silencio, un golpe temeroso
Atraviesa el recinto de la selva en reposo;
son cobarde, en el viento, persistente y salvaje,
que llena de profundos terrores el boscaje.
¡Es el hacha! Es el golpe de su oficiar violento
que, bruscamente, llega, desolador y cruento,
de la entraña del bosque, donde un tilo sombroso
yergue su soberana magnitud de coloso…

(Del poema “Tarde en la selva”, incluido en Las Rosas de Hércules)

A los pocos metros del comenzar el sendero, cruzamos este puente sobre una antigua acequia.

Acceso al segundo tramo del sendero, cruzando la carretera, para pasar sobre el cauce del barranco e iniciar el ascenso por la ladera opuesta.

Cantonera para la distribución de agua, uno de los elementos etnográficos que indican el aprovechamiento de los recursos de la zona.

Aproximadamente a la mitad del recorrido, unos bancos invitan al descanso y disfrutar en silencio de los sonidos del bosque.

Al pasar junto a una cueva alpendre, el sendero inicia unos zigzagueos descendentes protegidos por barandilla de madera.

El regreso al punto de partida por la ladera opuesta nos permite estas vistas de la antigua casa forestal, sede del centro de interpretación de la laurisilva.

Una vez que enlazamos con el camino de Moya, son los eucaliptos los que nos acompañan.

Guerra Mundial
El estallido de la primera guerra mundial acabó con lo que quedaba en los alrededores y aún hubo talas en el interior de Los Tilos: Hacía falta madera para el carbón que necesitaban los barcos en el puerto de La Luz, afectado por el aislamiento y el corte de suministros del exterior. Cuadrillas de leñadores trabajaron a un gran ritmo derribando árboles, cuyas raíces y muñones no dejaron de aprovecharse.

El núcleo arbolado de Los Tilos, por donde discurría el agua de modo casi permanente, se convirtió en una pequeña joya forestal. Durante las décadas siguientes, los isleños se dedicaron a visitar el lugar. Según recuerdan vecinos de la zona, “los domingos era una fiesta”. Bajo los tiles de mayor porte, con sus impresionantes 20 metros de altura, un claro empezó a crecer al ritmo de las celebraciones de fin de semana: llegó a ser conocido como La Catedral. Excursiones y fiestas tenían como escenario su fresca sombra. Se comía, cantaba y bailaba. Sobre todo por San Antonio, fiesta grande en el cercano pueblo de Moya, que se celebraba aquí con un sancocho popular amenizado por una banda de música.

Al entorno de nacientes de agua llegó lo que algún vecino llamó “la moda de los pozos”. El agua hacía falta para asegurar el riego en la agricultura sin depender de las inseguras lluvias estacionales y una pista de tierra se abrió camino a través de Los Tilos. Por ella entró la maquinaria para los pozos, arrastrada con yuntas. Entretanto, en los años 40 y 50, las acampadas se hicieron habituales.

El año 1971 Los Tilos pasó a convertirse en propiedad pública al ser adquirido por el Cabildo Insular. Los accesos y aparcamientos para coches y guaguas mejoraron. No faltaba el dominguero que aparcaba junto a una acequia, o el cauce del barranco si corría agua, y aprovechaba para darle una buena enjabonada a su vehículo hasta dejarlo reluciente. La masiva presencia de público siguió provocando el deterioro de este espacio natural hasta que los biólogos dieron la voz de alarma.

Protección
El Cabildo Insular procedió al cierre de Los Tilos en 1981 con el fin de protegerlo; como alternativa para el ocio de los ciudadanos, adquirió y puso en uso la finca de Santa Cristina. Durante los siguientes 20 años, al menos, no se iba a permitir la entrada de público. Un plan de restauración forestal, para recuperar los restos boscosos de este relicto de la laurisilva y de la fauna asociada, dio comienzo entonces, en colaboración con el ICONA primero y la Dirección General de Medio Ambiente del Gobierno de Canarias después. A los pocos años ya se observó una prometedora regeneración en los claros antes pisoteados, que volvieron a cubrirse de hojarasca y mantillo.

El ecosistema forestal de esta reserva natural se vio afectado, pese al cierre a visitantes y a los trabajos de reforestación, por la escasez de agua. La reducción de las precipitaciones en los últimos decenios y la sobreexplotación de los acuíferos impedían a las raíces de los viejos tiles alcanzar el nivel freático. Pero el ecosistema no está en peligro si se sigue trabajando por su recuperación. Las nuevas repoblaciones están sustituyendo a los viejos ejemplares de til, que acabarán por morir, pues su ciclo vital está vinculado al hecho de que las últimas grandes talas se produjeron en 1914-1918 y de esa época proceden sus cepas, que son superficiales.

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Comentarios (2)

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  1. Amparo González de Chávez dice:

    Por favor, agradecería me informaran como apuntarnos (cuatro personas) a una visita guiada a Los Tilos.

    Un saludo.

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